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Hubo una época en la que muchos niños llegaban a casa después del colegio y no encontraban a nadie. Abrían la puerta con sus propias llaves, preparaban una merienda improvisada y esperaban a que sus padres regresaran del trabajo. No era una excepción ni una rareza. Formaba parte de la rutina cotidiana de buena parte de quienes crecieron durante la década de 1970.
Aquella infancia, marcada por más horas de autonomía y menos supervisión constante, vuelve ahora al debate público desde otro ángulo. La psicología contemporánea observa que muchas personas de esas generaciones desarrollaron una capacidad especial para enfrentarse a la incertidumbre, gestionar problemas y tolerar situaciones difíciles.
La explicación, según distintos expertos, no estaría en una supuesta “mejor educación” ni en una superioridad generacional, sino en algo mucho más sencillo: tuvieron que aprender a convivir con la soledad y la incomodidad desde muy pequeños.
La idea conecta con un concepto cada vez más citado por los especialistas: la “inoculación al estrés”, una teoría psicológica que sostiene que la exposición gradual a dificultades ayuda a desarrollar recursos emocionales para afrontar problemas futuros. Igual que una vacuna expone al organismo a una pequeña amenaza para fortalecerlo, ciertas experiencias de tensión cotidiana pueden contribuir a construir resiliencia.
Aprender sin supervisión constante
Muchos niños de aquella época pasaban largas horas sin adultos cerca. Sus padres trabajaban jornadas extensas y existía una percepción distinta del riesgo. Eso obligaba a resolver conflictos sin ayuda inmediata, tomar decisiones rápidas y encontrar formas de entretenerse sin la presencia permanente de pantallas, aplicaciones o adultos mediando cada situación.
Los psicólogos señalan que ese contexto favoreció habilidades como la autorregulación emocional, la tolerancia a la frustración y la capacidad de adaptación. No significa que aquellas infancias fueran ideales ni necesariamente más felices. Significa que crecieron en un entorno donde la autonomía no era un objetivo pedagógico, sino una consecuencia práctica de la vida cotidiana.
Hoy, en cambio, el modelo dominante en muchas familias apunta hacia una supervisión mucho más intensa. La figura del llamado “padre helicóptero” describe a quienes vigilan de manera constante cada aspecto de la vida de sus hijos, desde las relaciones sociales hasta los deberes escolares o los conflictos más pequeños.
Los investigadores llevan años observando algunos efectos asociados a este tipo de crianza. Entre ellos aparecen mayores dificultades para gestionar emociones, menos tolerancia al fracaso y una dependencia más elevada de la validación externa. En algunos casos también se detectan problemas para desarrollar autonomía en etapas adultas.
El equilibrio como objetivo
La discusión, sin embargo, no enfrenta dos modelos absolutos. Pocos especialistas defienden volver a una crianza desatendida y casi nadie considera saludable una protección permanente. La mayoría insiste en la importancia de encontrar un punto intermedio.
Los niños necesitan apoyo emocional, seguridad y acompañamiento. También necesitan margen para equivocarse, aburrirse, resolver pequeños problemas y experimentar cierta frustración. La resiliencia no surge de discursos motivacionales ni de manuales de autoayuda. Se construye a partir de experiencias concretas.
Por eso muchos psicólogos creen que el gran reto actual consiste en permitir que los menores desarrollen herramientas propias sin eliminar cualquier obstáculo de su camino. A veces, la mejor ayuda no consiste en intervenir de inmediato, sino en dejar espacio para que aprendan a hacerlo solos.
Juanjo es experto en cultura y lifestyle, con un foco especial en el impacto que internet y las redes sociales están teniendo en nuestra sociedad y en el mundo. Por eso mismo, sus temas suelen tener también mucho que ver con cine, series, psicología, relaciones personales y sexualidad.
No hay tendencia viral o reto en redes que se le pase por alto, aunque también está muy conectado con la actualidad literaria, repasando cada semana todas las novedades editoriales y seleccionando las que puedan resultar más interesantes para sus lectores.
Su gran pasión son las entrevistas, disfruta hablando con personas y conectando con ellas y tiene una curiosidad natural por aprender de las experiencias y perspectivas de los demás ya sea de un escritor, un psicólogo o cualquiera que tenga una historia que contar.
Juanjo se licenció en Economía Internacional, aunque desde muy temprano en su carrera, por vocación personal, se dedicó a la divulgación y al periodismo, que con los años se convirtió en su profesión.
Juanjo lleva más de 15 años escribiendo en diferentes medios y fue Director editorial de Vice España, coordinando toda la producción de contenidos de la revista, desde cápsulas para redes sociales a documentales sobre ocultas subculturas urbanas de nuestro país. Tras su paso por Vice, se ha dedicado a escribir y su trabajo ha aparecido en medios como El País, El Periódico de España, ABC o Yorokobu, entre otros.












